Benito Juárez, Estados Unidos y la verdad incómoda del México moderno

La alianza entre Juárez y Estados Unidos fue fundamental para consolidar el Estado laico y la soberanía republicana en México.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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Santo Domingo.– La historia oficial tiene una virtud que no siempre es inocente: simplifica. Convierte procesos largos y contradictorios en estampas claras, casi morales. Héroes de bronce. Villanos de manual. Y un pueblo que parece avanzar solo, empujado por una voluntad casi mística.

Respaldo estratégico de Estados Unidos a Juárez

Pero la historia real —la que se parece a la vida— es más turbia, más estratégica y menos sentimental. Está hecha de alianzas incómodas, silencios calculados y apoyos que no se declaran en los discursos patrios.

En el México del siglo XIX, ese silencio tiene nombre propio: Estados Unidos.

Cuando Benito Juárez encabezó la Reforma liberal, México no era todavía una nación asentada, sino un territorio fatigado, desangrado por guerras internas, endeudado hasta la médula y partido entre dos visiones irreconciliables del poder: la de una república laica, moderna y civil, y la de un orden tradicional sostenido por el altar, la herencia y la obediencia.

La Reforma no fue un debate académico. Fue una guerra civil. Y como toda guerra civil, dejó al Estado sin recursos, sin crédito y sin margen. Cuando Juárez suspendió el pago de la deuda externa, Europa vio una oportunidad. Francia, sobre todo.

Bajo Napoleón III, París no buscaba solo cobrar. Buscaba reinstalar el imperio en América, aprovechar el caos mexicano y plantar una monarquía católica aliada en el corazón del continente.

Así llegó Maximiliano de Habsburgo, elegante, culto, bienintencionado quizá, pero geopolíticamente condenado desde el primer día.

Juárez resistió. Resistió sin palacio, sin ejército regular, sin tesoro y sin garantías. Gobernó desde la intemperie, desde el exilio interior, desde ciudades fronterizas que parecían más estaciones de paso que capitales. Resistió con leyes, con decretos, con fe republicana. Pero resistió también con algo que rara vez se menciona: el respaldo silencioso de Estados Unidos.

La influencia de la Doctrina Monroe en la política estadounidense

Ese respaldo no fue épico ni desinteresado. Fue estratégico. Mientras Washington libraba su propia Guerra Civil, observó con cautela.

Pero terminada la contienda, el mensaje fue claro: Europa debía retirarse del hemisferio. No era una simpatía personal por Juárez. Era la Doctrina Monroe, reinterpretada y reforzada por la experiencia: América no podía permitirse nuevos imperios importados.

Estados Unidos reconoció al gobierno republicano, no al imperio impuesto. Permitió el flujo de armas, crédito y apoyo logístico hacia los liberales. Presionó diplomáticamente a Francia. Y cuando fue necesario, amenazó con intervenir. No hizo falta disparar. Bastó la advertencia. París retiró sus tropas. Maximiliano quedó solo. El proyecto imperial se derrumbó como se derrumban los edificios sin cimientos.

Juárez entró en Ciudad de México como vencedor. La República se salvó. El Estado laico quedó afirmado. El México moderno empezó, por fin, a existir.

Aquí comienza la verdad incómoda. Porque ese triunfo, que México conmemora con razón, no fue solitario.

La independencia efectiva del México republicano —la que resistió a Europa— se sostuvo también en una alianza tácita con el Norte. No reconocerlo no engrandece a Juárez; empobrece la historia.

El siglo XIX latinoamericano fue así: un tablero donde las naciones jóvenes se afirmaban no solo contra sus enemigos internos, sino navegando entre potencias mayores.

Juárez lo entendió. No fue ingenuo. Sabía que la soberanía no siempre se ejerce con pureza, sino con inteligencia política. Eligió al aliado que garantizaba la supervivencia de la República frente al regreso del imperio.

Por eso no se dice.

Porque rompe el mito de la autosuficiencia heroica.

Porque incomoda a los nacionalismos de consigna.

Porque recuerda que la historia no se escribe solo con banderas, sino con decisiones difíciles.

Estados Unidos no ayudó a Juárez por altruismo.

Juárez aceptó ese apoyo no por sumisión.

Ambos actuaron por interés.

Y de esa coincidencia nació el México que hoy conocemos.

Esa es la historia que rara vez se enseña.

La que no cabe en los himnos, pero explica el mundo real.

Victor Grimaldi Céspedes

Victor Grimaldi Céspedes

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