La guerra silenciosa de las materias primas
La disputa incluye temas como Irán, Taiwán y la transición energética en el contexto de la geopolítica global.
Actualizado: 05 de Febrero, 2026, 08:42 AM
Publicado: 05 de Febrero, 2026, 11:35 AM
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– Mientras compite con China, este miércoles 4 de febrero de 2026 el presidente Donald Trump habló por teléfono con el presidente Xi Jinping.
Llamada Trump Xi Jinping aborda minerales críticos y geopolítica global
No fue una llamada menor ni protocolar. Fue una conversación amplia, densa, cargada de todos los temas que definen el poder real del siglo XXI: Irán, comercio, Taiwán, minerales críticos, energía, seguridad estratégica y el equilibrio nuclear global.
Al mismo tiempo se celebraba en Washington el encuentro sobre los minerales críticos.
La lucha por las materias primas no es un capítulo nuevo de la historia: es su esqueleto. Cambian los nombres de los minerales, se sofistican las tecnologías, se vuelven más discretos los discursos morales, pero el pulso profundo permanece.
Detrás de cada imperio, de cada revolución industrial, de cada guerra "inevitable", hay siempre una geografía codiciada y una sustancia sin la cual el poder se vuelve frágil.
Durante siglos fue el oro —símbolo y realidad— el que ordenó expediciones, tratados y traiciones. Luego vinieron el carbón y el hierro, que alimentaron locomotoras y cañones; el petróleo, que decidió fronteras y dictó alianzas; y hoy, en la era que se proclama digital y verde, el escenario está dominado por el litio, el cobre, el cobalto, las tierras raras, el níquel y el gas.
La materia prima ya no se quema solamente: se programa, se electrifica, se miniaturiza. Pero sigue siendo materia, y por tanto territorio.
La llamada Trump–Xi ocurre exactamente en ese punto de tensión. No se habló solo de Irán y su programa nuclear, ni de las sanciones que Washington quiere endurecer presionando a Pekín para que reduzca su comercio con Teherán.
Se habló, sobre todo, de la arquitectura del poder global que está en disputa. China es el principal socio comercial de Irán; Estados Unidos amenaza con imponer aranceles del 25 % a todo país que mantenga negocios con Teherán.
El mensaje es claro: la geopolítica de las sanciones es también una geopolítica de las materias primas, de la energía y de las cadenas de suministro.
Tensión por minerales críticos y sanciones en la llamada Trump-Xi
La paradoja contemporánea es elegante y brutal. El mundo habla de transición energética, de descarbonización, de futuro sostenible, mientras abre nuevas minas, profundiza viejas dependencias y reconfigura la misma lógica extractiva con otro vocabulario.
Los autos eléctricos no flotan en el aire: se apoyan en salares, socavones y puertos. Los centros de datos no son nubes: son consumidores voraces de electricidad, cobre y agua.
La guerra por las materias primas se presenta ahora con traje técnico, gráficos de emisiones y promesas climáticas, pero mantiene intacta su estructura de poder.
Las grandes potencias lo saben. Quien controla la cadena —desde la extracción hasta el procesamiento— controla la política.
No basta con tener el mineral bajo el suelo: hay que refinarlo, transformarlo, certificarlo, financiarlo y transportarlo.
Ahí radica la ventaja estructural de China. Pekín no domina solo la extracción: domina, sobre todo, el procesamiento, el verdadero cuello de botella del poder mineral.
Por eso Estados Unidos, mientras habla con Xi, convoca en Washington a decenas de países para discutir cómo reconstruir cadenas de minerales críticos sin China.
No es casual que la llamada con Xi coincidiera con esa reunión. No es diplomacia abstracta: es presión estratégica.
Washington busca reorganizar un bloque occidental de minerales críticos, con financiamiento público, reservas estratégicas, precios mínimos y disciplina política.
El lenguaje es económico; la lógica es geopolítica. No se trata de libre mercado. Se trata de soberanía industrial.
En ese tablero, Irán no es un tema aislado. Es energía, es petróleo, es gas, es comercio alternativo, es una cuña dentro del sistema de sanciones occidentales.
China lo sabe y no oculta su cálculo. Estados Unidos lo sabe y por eso insiste. La llamada Trump–Xi no fue cordialidad; fue fricción administrada.
Al mismo tiempo, el tema de Taiwán apareció con la crudeza habitual. Pekín reiteró que nunca permitirá la separación de la isla, mientras Washington continúa con ventas masivas de armas.
Taiwán no es solo ideología ni democracia: es semiconductores, es tecnología crítica, es otro nodo de la guerra por las materias primas transformadas en valor agregado.
La lucha ya no se libra únicamente en minas, selvas o desiertos. Se libra seis mil metros bajo el mar, en el fondo oceánico, donde Japan ya ha comenzado a extraer lodos ricos en tierras raras cerca de Minamitorishima.
No es ciencia romántica. Es seguridad nacional. El lecho marino se ha convertido en frontera geopolítica porque China domina la superficie industrial.
China, por su parte, actúa como siempre han actuado los imperios cuando sienten riesgo: asegurando energía firme.
De ahí la aparente contradicción que desconcierta a Europa. China, país que lidera el crecimiento solar y eólico mundial, también construye más plantas de carbón que nadie.
No es hipocresía; es cálculo. El carbón garantiza estabilidad eléctrica para fábricas, centros de datos, inteligencia artificial y procesamiento industrial.
Las renovables reducen emisiones en el margen, pero no sostienen aún la base dura del sistema. Pekín no apuesta a apagarse.
Vistas en conjunto, las señales son coherentes. Estados Unidos presiona, reorganiza alianzas y llama a Xi.
China escucha, responde, protege sus intereses y consolida su dominio industrial.
Japón perfora el océano. Europa busca no quedar atrapada. Todos hablan de clima; todos piensan en poder.
Para los Estados medianos y pequeños, la lección vuelve a ser la de siempre, solo que más urgente. La lucha por las materias primas ya no es solo extractiva: es tecnológica, financiera y diplomática.
No basta con tener los recursos. Hay que gobernarlos, procesarlos, integrarlos en cadenas industriales y protegerlos políticamente.
De lo contrario, el país queda reducido al papel clásico: proveedor prescindible en tiempos de abundancia y olvidado cuando el ciclo cambia.
Al final, la lucha por las materias primas es una lucha por el tiempo. Por quién decide hoy y quién paga mañana. Por quién transforma y quién extrae. Por quién dicta las reglas y quién las obedece.
Todo lo demás —las cumbres, los discursos, incluso las llamadas telefónicas— es escenografía.
Debajo, como siempre, la tierra espera, silenciosa, a que alguien decida qué hacer con lo que guarda.


