El fantasma chino creado por los Estados Unidos desde 1949

La integración económica de China en el sistema global ha generado interdependencias que complican la política exterior de EE.UU.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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FILIPINAS.– Acto I

En los años cincuenta, cuando la Guerra Fría aún era una fiebre reciente y el mundo se dividía en bloques irreconciliables, en Washington circulaba una pregunta que parecía un pecado político: ¿quién perdió a China?

Richard Nixon, entonces joven y combativo congresista, señalaba a los demócratas de Truman como responsables de aquella "pérdida" histórica tras la victoria de Mao Tse-tung en 1949.

China había dejado de ser un aliado potencial de Occidente para convertirse en el gigante rojo que inquietaba a todo el hemisferio capitalista.

    Sin embargo, la historia, siempre irónica, obligó al propio ya Presidente Nixon a realizar en 1972 el gesto más audaz de la diplomacia contemporánea: viajar a Beijing y estrechar la mano de Mao.

    Aquel viaje no fue solo un acto de realismo político; fue el reconocimiento tácito de que China no podía ser ignorada ni contenida indefinidamente. Había que integrarla, dialogar con ella, abrirle una puerta al sistema internacional.

    Ese gesto, que en su momento se presentó como una genial jugada geopolítica para aislar a la Unión Soviética, sembró en realidad la semilla de una relación más compleja: China dejaba de ser el enemigo absoluto para convertirse en un actor con el que convenía convivir, comerciar y, con el tiempo, transformar.

    Años después, en 1979, con la normalización diplomática y las reformas de Deng Xiaoping, Estados Unidos decidió apostar por una tesis optimista: el comercio traería la apertura política.

      Se le ofrecieron a China mercados, inversiones, tecnología y acceso al corazón mismo del capitalismo global. Washington creyó, con la confianza de los imperios seguros de su destino, que la prosperidad económica conduciría inevitablemente a la liberalización política.

      La historia demostró que esa hipótesis solo se cumplió a medias. China se modernizó sin occidentalizarse, se enriqueció sin democratizarse y aprendió a utilizar las reglas del sistema sin compartir plenamente su espíritu.

      Discurso presidencial y tensiones internas en EE.UU.

      Acto II

      Aquella noche en Washington, cuando el discurso presidencial de Donald Trump se extendió como los sermones interminables de las viejas catedrales coloniales, no se hablaba solamente del estado de la Unión; se hablaba, sin decirlo abiertamente, del estado del mundo.

      Tal como ocurre en las grandes representaciones políticas de nuestro tiempo, lo decisivo no fue tanto lo que se dijo como lo que se mostró: héroes convocados al hemiciclo, militares heridos elevados a símbolos, víctimas convertidas en emblemas morales y, de repente, como surgido de un acto cuidadosamente coreografiado, el equipo olímpico de hockey que, según algunos despachos previos, no iba a estar... y estuvo.

      Apareció entonces ese equipo victorioso, con su portero convertido en héroe nacional, para recordarnos que en la política moderna las sorpresas no son errores sino instrumentos.

      La escena no desmintió solo a una agencia de noticias; desmintió la ilusión de que el poder se ejerce únicamente con palabras.

      En realidad, gobierna también a través de imágenes que se incrustan en la memoria colectiva con más fuerza que cualquier estadística o argumento jurídico.

      Pero aquella noche tenía un trasfondo más profundo, invisible para quien solo escuchara los aplausos o los abucheos: el choque silencioso entre la Casa Blanca y la Corte Suprema, entre la voluntad del Ejecutivo y los límites constitucionales que recuerdan que incluso la mayor potencia del planeta se rige por un texto escrito hace más de dos siglos.

      Surgió entonces la pregunta inevitable: ¿puede una democracia, al someterse a sus propias leyes, terminar favoreciendo indirectamente a su principal rival estratégico?

      Impacto de la globalización y rivalidad estratégica

      Detrás del discurso flotaba el fantasma de China, ese gigante que desde 1979 fue invitado a sentarse a la mesa del sistema internacional y al que se le concedieron privilegios comerciales, acceso tecnológico y la posibilidad de insertarse en las cadenas productivas globales.

      No fue ingenuidad pura; fue una estrategia calculada para integrar a China en el orden liberal y, de paso, alejarla definitivamente del bloque soviético.

      Sin embargo, la historia —siempre más astuta que los estrategas— convirtió al alumno en competidor y al socio en rival sistémico.

      Durante décadas, Estados Unidos vendió lo que creía ser un puente de prosperidad compartida; hoy descubre que ese puente también es una red de interdependencias que limita su capacidad de maniobra.

      Cuando Washington intenta defenderse de prácticas que considera ilegales —subsidios industriales masivos, transferencias forzadas de tecnología, control estatal de sectores estratégicos— se enfrenta al dilema que él mismo ayudó a crear.

      La globalización no fue una concesión unilateral, sino un pacto silencioso entre consumidores, corporaciones y gobiernos que generó riqueza inmensa en ambos lados del Pacífico, mientras sembraba las semillas de una rivalidad futura.

      En esa tensión se mueve la política actual, que percibe en China, Rusia e Irán una convergencia estratégica destinada a limitar la hegemonía estadounidense y promover un orden multipolar.

      No es una alianza formal, pero sí una coincidencia de intereses: China aporta poder económico y tecnológico; Rusia, capacidad militar y disrupción geopolítica; Irán, una persistente voluntad de desafío regional.

      Frente a ese triángulo, la respuesta firme de Washington parece para muchos necesaria y coherente.

      Pero la historia no se explica solo por la voluntad de los líderes, sino por las corrientes profundas de las sociedades. Y ahí surge otra inquietud: la percepción de que la polarización interna, las narrativas mediáticas enfrentadas y ciertas crisis culturales han nublado la claridad estratégica que caracterizó a Estados Unidos en otras épocas. Es un diagnóstico duro, que recuerda los debates sobre la decadencia de imperios pasados, aunque a menudo olvida que las democracias poseen una notable capacidad de autocorrección.

      Estados Unidos sigue siendo, pese a sus divisiones, el centro de la innovación científica, el eje del sistema financiero global y el núcleo de una red de alianzas que ninguna otra potencia ha logrado igualar. Su fortaleza histórica no ha sido la unanimidad, sino la capacidad de discutir ferozmente sin quebrar sus instituciones.

      La Corte Suprema que hoy limita al Ejecutivo es, a largo plazo, la misma que garantiza seguridad jurídica y previsibilidad a inversores, aliados y ciudadanos. Es el freno que incomoda en el presente y el cimiento que sostiene el poder estructural en el futuro.

      Así, aquella noche en el Capitolio no fue solo un discurso largo y polémico; fue el espejo de un dilema histórico mayor: cómo enfrentarse a rivales autoritarios sin renunciar a las reglas que definen la identidad de una democracia.

      La tentación de actuar sin límites surge siempre en tiempos de competencia estratégica, pero también el riesgo de que, al abandonar sus principios, una potencia termine perdiendo aquello que la hizo grande.

      Por eso la escena del equipo de hockey resultó tan reveladora: héroes deportivos convertidos en símbolo de unidad en medio de un país dividido, convocados para recordar que la política, como el deporte, se libra en estadios visibles pero se decide en los silencios del entrenamiento invisible.

      Y mientras los aplausos resonaban bajo la cúpula del Capitolio, en los despachos del poder y en las capitales rivales del mundo se jugaba una partida más profunda, donde no se discute solo quién gana la próxima elección, sino quién define las reglas del siglo XXI.

      Victor Grimaldi Céspedes

      Victor Grimaldi Céspedes

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