Está pasando

El Hoyo de Puchula

Rosario Espinal.

Rosario Espinal.

Hace varias semanas, a mediados de marzo, en un día fresco y soleado de esos que dan ganas de detener el tiempo, salí temprano de mañana con Milagros de Féliz, la entusiasta y eficaz voluntaria de Santiago, a visitar algunos programas de Acción Callejera en distintos barrios populares. Nos acompañaban mi hija que ha sido ahí voluntaria y el encargado de programas comunitarios.

Nuestra primera parada fue en el Hoyo de Puchula; un hoyo literalmente hablando en pleno Santiago, cerca del Estadio Cibao. Es posible pasar por ahí mil veces y no saber que detrás de tantos negocios y jolgorio hay un hoyo humano, donde vive gente en condiciones deplorables. Las casas y edificios en la cima cubren el tope del embudo y el hoyo pasa desapercibido.

Llegamos a la entrada y descendimos por unos escalones mitad cemento, mitad tierra. La mañana brillaba y escondía la miseria que circundaba. Seguimos caminando hasta llegar a la sala de tareas de Acción Callejera. Un saloncito-oasis donde una maestra y un grupito de niños y niñas enfrentan día a día los desafíos de la pobreza.

Al lado cercaron un cuadrito para que los niños puedan recrearse con supervisión adecuada, sin la tentación de que alguien les lleve drogas para enviciarlos, y desde ya, atraerlos a la economía de estupefacientes que ha penetrado todos los estratos sociales.

Al frente, sentada en un escaloncito al borde del callejón principal, había una niña de unos 10 años con dos bebés en sus brazos; uno en cada pierna. Su vestido marroncito se confundía con su piel y delgadez. Le pregunté quiénes eran esos niños, y me dijo que sus sobrinos que cuida todas las mañanas.

Pensé: ¿Qué será de esta niña en dos o tres años? ¿Qué familiar o joven del barrio la violará (si no lo han hecho ya)?  Y si no la violan, ¿qué hombre la convencerá de tener relación sexual a temprana edad a cambio de algún beneficio que desaparecerá tan pronto la deje embarazada? ¿O tendrá ella la suerte de evitar una violación, o la voluntad para ingresar a la escuela y superarse? No lo sé, pero la probabilidad de que su vida se enrumbe por buen camino es remota. Ojalá Acción Callejera haga magias con ella por las tardes. Ante el vacío que dejan los padres y el Estado, estas instituciones son el amparo.

Proseguimos, y en los callejones encontramos más hombres que mujeres, dominicanos y haitianos. Unos deambulaban, otros jugaban dominó, y otros tenían caras de planificar algo funesto en un “parquecito” de tierra y piedras frente a una cañada repleta de basura, con agua tan oscura que ni el sol brillante de esa mañana lograba iluminar.

Nuestra próxima parada fue detrás de un edificio con frente a la calle principal que por detrás se está derrumbando. Ahí hay un hoyo dentro del hoyo y un canasto de baloncesto destartalado. Milagros, siempre pensando en soluciones, llevará estudiantes de arquitectura para ver cómo arreglarlo.

Nuestra última parada fue en un colmadito con algunas botellas y productos en mal estado. Al frente había una mujer delgada y embarazada, con un vestido de algodón desteñido de tantas lavadas. Entablé conversación, y mientras se sobaba la barriga, me dijo que esperaba su quinto hijo. ¡Quinto hijo! le dije con excesiva exclamación. Una sonrisa fue su única reacción.

Ya sé. Falta de educación, de servicios de salud, mucha pobreza o irresponsabilidad personal. Razones hay para explicar. ¿Pero cómo enfrentará la sociedad dominicana con efectividad tanta miseria personal y social, que no es exclusiva de un barrio?

Artículo publicado en el periódico HOY

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