Urgente: Lección de un niño empobrecido y sicólogos apurados

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Tony Pérez

Un niño de 13 años, hecho adulto a golpe de calle, aprovechó el semáforo en rojo de la avenida 27 de Febrero esquina Lincoln e intentó limpiar el cristal delantero de una “yipeta” blanca con vidrios laterales tintados que aún no se detenía, con la esperanza de que el conductor le donara un par de pesos.  Pero éste lo paró en seco con gestos de no buen amigo. El muchacho no insistió y caminó en vía contraria echando rayos y centellas: ¡Eto millonario; hay que matarlo a to,…! Era el mediodía del martes después de la Navidad.

A ojos vista, el vehículo no era de lujo, ni quien la manejaba parecía potentado; mas, para el chico indigente, sí. Él, que sufre un mal de precariedades resultado de la exclusión social, ve riqueza en quien  por lo menos ande limpio por la ciudad. Y hasta lo asume como su enemigo, culpable de su desgracia.

El conductor ni siquiera bajó el cristal para emitir su no rotundo. Como muchos, tal vez reaccionó así por inseguridad. O porque desconfiaba de la calidad de la limpieza que haría el prematuro trabajador por cuenta propia. O porque era innecesario. O porque temía embarrarse de la extrema pobreza de un andrajoso…

La tanda de insultos del menor-adulto tal vez ha sido vista como una reacción natural rutinaria de impotencia; como una niñada más sin trascendencia…

Simboliza, sin embargo, demasiado para el devenir de la sociedad. Hace mucho que esa señal de advertencia está en el aire, y no recibe más que indiferencia.

Las calles y avenidas de todas las ciudades donde hay movimiento económico están minadas de niños y niñas a quienes les amanece cada día sin saber si comerán algo para aguantar su hambre acumulada sin morir en el intento. La mayoría es analfabeta y sin familia. Son hijos e hijas de la violencia de las calles y la sinrazón de un sistema injusto que orienta la riqueza hacia dos o tres manos.

La rabia del mozalbete que se sintió despreciado por el conductor de la 4 x 4, quizá se diluyó con el cambio a verde del semáforo. Muchos, como él, tendrán ese temple de acero para resistir en una vida miserable. Otros preferirán morir antes que pasar de mendigos a delincuentes. Otros, empero, probablemente decidan pasar factura a quienes asuman como culpables de su tragedia, y esos culpables están a tiro de sus narices. Hasta las ratas y cucarachas se defienden cuando se sienten aprisionadas.

La creciente delincuencia callejera tiene un pie de amigo en esos seres vulnerables que complementan las esquinas cual adornos naturales. A los privilegiados que circulan por las vías de ciudades, ya no les cabe más indiferencia frente a este mal. La conciencia del Estado duerme. Nada de vergüenza ni de culpa siente por su mar de empobrecidos hambrientos, mientras se enorgullece de sus empresarios y políticos enriquecidos a la carrera durante décadas.

Nunca se ha hecho en este país un esfuerzo serio para borrar, de una vez y por todas, esa etiqueta vergonzosa que la realidad nos estrella cada día en la cara. Y tan poco que cuesta.

SICÓLOGOS APURADOS

Sin quererlo, afanosos profesionales de la conducta cometen un costoso error cuando teorizan en los medios de comunicación acerca de la violencia familiar en la sociedad dominicana.

Dicen, en general, que los signos de la violencia en la pareja comienzan temprano y pasan inadvertidos porque son vistos como algo bueno. Según su perspectiva, hay que cortar temprano cuando  un hombre pide a su pareja que no se junte con una amiga, amigo o familiar porque “no le conviene”, igual cuando le recomienda no vestirse con alguna indumentaria ni calzarse algún zapato ni cortarse el pelo…

Confieso que no sé cómo un sicólogo clínico aventura el “consejo” de romper relaciones una vez detecten tales “señales de violencia” en el hombre. Es como si hubiera una ley general en la cultura dominicana que mandara a ello. Los sociólogos tal vez me lo expliquen.

Creo, entretanto, que estamos ante un ejemplo de lo que no debe hacerse en los medios de comunicación, si pretendemos reducir violencia familiar y social. El discurso ofertado no solo está preñado de polisemia, algo de por sí muy grave; sino que aúpa la división y la guerra, sin justificación científica valedera y  cuando se aspira a desaprender para reaprender a construir una cultura de unidad y paz.

¿Quién rayos ha demostrado que es ley general cuando el hombre dominicano le pide a su compañera que no use una falda corta o que no se corte el pelo, lo hace para dominarla y no porque él quiere verla bien en tanto la ama? ¿Qué pasa, entonces, cuando la mujer le compra una camisa a su esposo o, sencillamente, le advierte que tal  ropa le queda mal, o que no le conviene la juntilla con determinados amigos y amigas?

Los sicólogos están de moda y tienen credibilidad en la población. Así que sus discursos son recibidos como palabra de Dios por un segmento de los públicos no adiestrado en el pensamiento lógico y el análisis crítico de mensajes mediáticos. Me preocupa el impacto negativo que tendrían sus “sanos consejos” en la confianza ya debilitada entre las parejas.

Si lo consideran, reorienten eso; afinen sus discursos. No es lo mismo la consulta a un paciente entre cuatro paredes bien climatizadas, que hablar de ciencia a través de la televisión, la radio, los periódicos y las redes sociales. Fácil que puede salir “más cara la sal que el chivo”.

tonypedernales@yahoo.com.ar         

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