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Pedir ha pasado a ser más que un oficio

Felipe Mora.

Felipe Mora.

La práctica de pedir dinero para destinarlo a “causas nobles” ha traspasado los límites tolerables. En estos tiempos, cuando hay tantos engaños, no siempre es de confiar cuando una o más personas te abordan con tal discurso

¿Se habrá motivado alguien en calcular –aunque de antemano se sabe que será una cifra aproximada- a cuánto ascienden las dádivas o limosnas que a diario se conceden en el Gran Santo Domingo? ¿Y a nivel nacional? De algo debemos estar claros: en este país hay mucha gente que vive de pedir, aún sin tener problemas de salud y, se dan casos, de gente que no tiene ninguna necesidad para ello, pero lo hace.

No hay lugar a dudas. Pedir, más que un oficio, para no pocos ha pasado a ser un arte, por la forma tan peculiar en que lo ejercen.

Las miles de personas que tienen por práctica pedir en las calles, ¿pueden llegar a acumular algún dinero? Es un secreto a voces que entre estas hay que mediante el ejercicio de ese “oficio” han llegado a ser propietarias de varios inmuebles, y que, a pesar de que pueden vivir de la renta que les deja, siguen con la rutina cotidiana de pedir, porque siempre les ha dado buenos resultados.

Entre los pedigüeños hay discapacitados que se desplazan en sillas de rueda, portando muletas, con brazos y/o manos amputados, y una buena proporción que, sencillamente, goza de perfecta salud.

No hay una sola intersección de la Capital, de las más transitadas y céntricas, que esté libre de la presencia de pedigüeños, aparte del enjambre de vendedores de todo tipo de mercancías, desde maní tostado, pollitos plásticos saltarines hasta sombreros de paja y de vaqueros, y los eternos “limpiavidrios”.

Las principales “víctimas” de los pedigüeños que merodean en las inmediaciones de los semáforos son los conductores de vehículos. La “pesca” se da con el pare por la luz roja. Nada pierde un limosnero cuando realiza una ronda y no consigue que alguien “se cantee” al menos con una moneda. Eso no importa. Transcurridos dos o tres minutos puede aparecer alguien que le deje caer un billete de $100, o de $50.

La mayor parte de las intersecciones y otros lugares de interés han sido “internacionalizados”: Pedigüenos dominicanos y haitianos se los disputan, y cada cual se ubica acorde a su estrategia particular.

La práctica de pedir dinero para destinarlo a “causas nobles” ha traspasado los límites tolerables. En estos tiempos, cuando hay tantos engaños, no siempre es de confiar cuando una o más personas te abordan con tal discurso. Por doquier aparece alguien que proclama sin rubor que necesita de alguna ayuda, para lo cual se argumentan disímiles motivaciones.

Y la excusa para pedir siempre será sobre la base de recibir ayuda para costear el tratamiento de una enfermedad, o la invalidez de por vida por falta de visión, de un miembro de su cuerpo, o porque sencillamente nadie le da colocación para ganarse el pan de cada día.

Incalculables son esos motivos, enarbolados por instituciones y/o personas que dedican parte de su tiempo a colectar fondos que, en la mayoría de los casos, van destinados a favorecer a personas en particular.

Y en esa práctica se incluye a centros escolares, sectas religiosas, Ongs, entidades comunitarias supuestamente en nombre de causas nobles, como costear enfermedades de pacientes, graduaciones en escuelas y colegios, etc, etc.

En plena calle, de día y de noche, nos tropezamos con personas que extienden la mano pidiendo alguna moneda bajo el supuesto que tienen largo tiempo que no prueban bocado, o con alguna fotografía de un paciente que necesita de recursos para costear un tratamiento de salud, lo que no siempre es confiable.

Hay pedigüeños que se concentran en las entradas y salidas de grandes establecimientos, especialmente supermercados (y hasta dentro de estos), en las afueras de iglesias, para pedir dinero, bajo el supuesto de que se necesita para “una causa noble”.

Por la misma razón del dinero extra que engrosa el circulante en esta época del año, diciembre se convierte en el mes por excelencia para que no solo pedigüeños tradicionales, sino también “amigos de lo ajeno” se lancen a las calles en busca de incautos.

Por todo lo planteado más arriba, se puede decir con propiedad que pedir ha pasado a ser más que un oficio en este país.

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