Nunca celebró su cumpleaños. Nadie se lo celebró después de nacer. En Galilea no comían puerco en puya, ni moro de ninguna clase. Ni nadie cantaba villancicos. Ni se conocía el lavagallo. Ni se bailaba llegó Juanita. Ni se daba regalía y el comercio, por tanto, no hacia su agosto en diciembre. Ni el cumpleañero se dedicaba a regalar cajas a nadie. Ni se le oía repartir bobaliconas felicitaciones a troche y moche. De todos modos, yo también, aunque un poquito tarde, ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo! (Aunque, desde el dos de enero, ¡rompan fuego!).
Ramón Colombo
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