Fe y Vida: “El Peso de una Oración”

Ray Ortega

Un cordial saludo para todos mis queridos lectores.

Siempre he escuchado decir que la fe y la oración son capaces de mover montañas. Yo ciertamente lo creo, pues a través de la fe es posible transformar las cosas, y la oración si no transforma las cosas, transforma el pensar y sentir de aquel que la eleva a Dios.

Claro está que oración si no existe la fe, de qué nos sirve, hay que tener fe que lo que vamos a pedir en nuestra oración se nos va a conceder. Si no tenemos esa fe ciega, para qué lo pedimos.

Cuentan que un hombre le pedía tanto al Señor el sacarse la loto, que su oración llegó a los oídos de San Pedro y este le dijo al Señor: Señor este hombre viene suplicando el ganarse la loto por muchísimo tiempo, concédeselo, y el Señor le dijo: Yo se lo concedo, pero por lo menos que juegue un billete.

Llegó a mis manos una historia que lleva por título: La Balanza, la quiero compartir con Ustedes. “Cuentan que una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba tristeza, entró a un mercado, se acercó al dueño y de manera humilde preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito; con voz suave explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar, tenían seis hijos y necesitaban comida. El dueño del mercado no aceptó y le solicitó que abandonara el mercado. Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia, la mujer le rogó: Por favor señor, se lo pagaré tan pronto como pueda. El dueño le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía ella una cuenta de crédito en su mercado. De pie, cerca del mostrador, se encontraba un cliente que escuchaba la conversación entre el dueño del mercado y la mujer. El cliente se acercó y le dijo al dueño del mercado que él se haría cargo de pagar lo que la mujer necesitara para su familia. Entonces el dueño, amoscado, le preguntó a la mujer: Tiene usted una lista de compras. La mujer contestó, sí señor. Está bien, dijo el dueño, ponga su lista en la balanza de platos y lo que pese su lista le daré en comestibles. La mujer titubeo por un momento y cabizbaja buscando en su cartera un pedazo de papel escribió algo en él y lo puso, triste aún, en uno de los platos de la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro cuando el plato de la balanza donde estaba el papel, se hundió hasta el fondo y se quedó así. El dueño del mercado, sin dejar de mirar la balanza, dijo: No lo puedo creer. El cliente sonrió y el dueño del mercado comenzó a poner comestibles en el otro plato de la balanza. La balanza no se movía, por lo que el continuó poniendo más comestibles hasta que se llenó. El dueño se quedó pasmado de asombro, finalmente, tomó el pedazo de papel y lo miró, todavía más asombrado vio que no era una lista de compras sino una oración que decía: Querido Señor tú conoces mis necesidades y yo voy a dejar esto en tus manos. El dueño del mercado le entregó los comestibles que había pesado a la mujer, y quedó allí en silencio. La mujer agradeció y abandonó el mercado. El cliente entregó al dueño del mercado un billete de cincuenta dólares y le dijo: Valió la pena cada centavo de este billete, ahora sabemos cuánto pesa una oración”.

Mis querido lectores, orar a tiempo y a destiempo nos dice el Señor. Los dejo con este pedazo de la Carta de San Pablo a los Filipenses, Capitulo 4, Versículos 6 y 7, y dice así: “En cualquier circunstancia, recurrid a la oración y a la súplica, junto a la acción de gracias, para presentar vuestra peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que es mucho mayor de lo que se puede imaginar, mantendrá vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Hasta la próxima y muchas bendiciones para todos.

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